lunes, 31 de diciembre de 2012
Por las calles del olvido
Es allí
donde la luz retrocede para no quemar
las alas de una mariposa recién nacida.
Donde las lágrimas rebosan de las nubes.
Entre las sombras que apartan con cariño
la mediocridad del alba.
Entre las veletas del alma que giran
por la brisa de los besos
y los tabúes que maceran las orugas del tiempo.
Entre las pestañas del azar que parpadean meteoritos
y la tinta de los sueños que te dibujan
sobre hojas irrepetibles de memoria.
En las otras mitades de todas las cosas
flotando por los mares de la erosión.
Es allí, en cualquier lugar en cruz de luces
que florecen luciérnagas matutinas.
O, tal vez, es más lejos de lo que el misterio
pueda concebir al iniciar su retrato en tu piel.
No sé, pero hay un artista del cielo, ángel renegado
que me habita y juega al aro con mi corazón
por las calles del olvido, cuando no te veo.
Inquilino
En ese silencio casi inmóvil
se siente tu respiración dorada por lo inconfesable del viento
como un golpe de reloj en las paredes del alma
y por las carreteras del insomnio
se encienden las farolas del recuerdo.
Toda realidad es una lupa que expande tu ausencia.
Ni sé si mis dedos son insectos que
trepan por esas maderas de infinitos
o simplemente se escucha el eco de un nudo en la garganta
pero hay veces que algún pájaro maldito se pone a cantar
como si de repente amaneciera
aunque sé que falta mucho para que salga el sol,
hay veces que estoy dibujando tu carnaval de sonrisas
sobre hojas de pasado
hasta que las estrellas no me prestan más tinta
(es cuando el tiempo lanza su arsenal de cavernas en el témpano del cielo)
y el mimbre áureo de la luna se convierte en víboras.
Quedan puentes sin ríos, por los que nadie pasa.
Quedan ninfas heridas por mariposas de acero
y la alta torre de ocasos disimulada entre las genomas del lago.
Una estación de soledades que me puebla las venas,
que me hace inquilino de mi propio ser.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Ángeles deformes
Mi alma se suicida en las afueras del cuerpo
como un borracho que metódicamente abandona su casa
dejando el sillón en alerta,
vomitando cuerdas de guitarra de los pulmones
y mutiladas tortugas en la orilla del patio celeste
donde los deformes ángeles de las pupilas
olvidan barrer los sueños congelados en el invierno de una lágrima.
Estas cosas, las escamas del viento
que se pegan sulfurosas a la sangre del horizonte,ya no tienen mar.
Ni los barcos de las silabas que los moribundos lanzan sin un destino especifico,
ni el aura de los perros que mastican la sombra de un muro de monasterio
que se proyecta
como una marea fija de caracoles
convencidos que las balas son ojos que se retiran en los adentros de la carne,
nada retrocede, ni los ríos se apagan
como velas caídas entre nuestras costillas cosidas
y el fémur distraído de la edad de los robles
nada, amor, ni siquiera las alas de las venas
que tantas veces te dije
que no dejaras sin plumas
cuando la sangre quiso ser ave
y mira que por un árbol de olvidos se escurre la yerma de los besos
como por un panal de soledades
que entre tus cabellos
vuelve a la ausencia
y desafía la gravedad dejando nuestras huellas
en la arena de la depresión
como si camináramos con prisa hacía olvidarnos.
martes, 27 de noviembre de 2012
Las manos de un ángel
Quise escribir un poema
pero llegó mi hija y arrebató la hoja para dibujar un caballo,
le hizo las pestañas extremadamente largas
para evidenciar que era una hembra
y se me olvidó lo que fuera una de las tantas notas de suicidio,
una de las tantas cuerdas de versos que nunca fueron suficientes
para salir de un precipicio de nubes
y me pasé el resto del tiempo mirando
hasta que su dibujo se hizo frontera entre mi olvido y la memoria
y solo las pestañas cruzaban del otro lado
como cosquillando a los recuerdos,
como dejándome saber
que después de la muerte también hay sonrisas.
Libélulas en un barco vació
Yo que pensaba
que era una piedra abortada por el río del tiempo
en una oblicua orilla de soledad.
Yo que pensaba
que era una sombra pulverizada
sobre un llanto de luz.
Yo, que iba a preguntar los precipicios
si entre los buitres
tenían alguno que devore carne amarga.
Yo, que quería hablar con las brujas
para que me convirtieran en un ciervo
y me arrojaran en una mina abandonada
para escribir con sangre de lobo en la punta de mis cuernos
sobre el corazón de la montaña
y antes que los murciélagos eleven a mi cuerpo,
escribir sin parar
lo que fuera este maldito poema
que hoy mismo no encuentra su razón de ser.
Yo que me sentía tan triste
como si miles de sanguijuelas
llevaban mi sangre a un lugar
muy dentro de la arena
donde empezaba el iris de un ojo
tan grande que su lágrima era ese lago
donde nos sentíamos libélulas en un barco vacío.
Tatuajes de mi alma
Ahora que veo esas cavidades
hechas en el cemento de mi vida por una perforadora de sueños
me acuerdo de los gritos de mi padre
especialmente diseñados para que los halcones suelten nuestras gallinas desde el aire,
como un hechizo que aniquilaba al poder de sus garras
y de ese día
cuando el cielo olía a plumas arrancadas,
cuando tuve que cazar mariposas a pie descalzo
y esconder mi rostro entre ortigas
para anestesiar la operación in-vivo de una sonrisa,
la iban a sacar como a un tumor
y esconderla en el pecho abierto de ese ave
y coser su carne,
pinchar entre las costillas su última canción
para que corra por los orificios del silencio,
al dolor...
Ahora que veo esos cables aceitosos
y no puedo creer que sean venas de la tierra,
que su sangre sea acumulada en las farolas
para luego explotar en las ventanas,
ahora recuerdo a mi padre buscando piedras en mis ojos,
eres un río, niño, me decía
y tal vez haya que prestar tu agua
a los que tienen animales en el alma.
Me miro en el espejo y todavía veo caballos esqueléticos esperando su turno,
ya no hay más lágrimas por caer...
Mientras mi sonrisa enjaulada canta
para despertar a los demonios
y no volver a ser la razón de sus pesadillas.
hechas en el cemento de mi vida por una perforadora de sueños
me acuerdo de los gritos de mi padre
especialmente diseñados para que los halcones suelten nuestras gallinas desde el aire,
como un hechizo que aniquilaba al poder de sus garras
y de ese día
cuando el cielo olía a plumas arrancadas,
cuando tuve que cazar mariposas a pie descalzo
y esconder mi rostro entre ortigas
para anestesiar la operación in-vivo de una sonrisa,
la iban a sacar como a un tumor
y esconderla en el pecho abierto de ese ave
y coser su carne,
pinchar entre las costillas su última canción
para que corra por los orificios del silencio,
al dolor...
Ahora que veo esos cables aceitosos
y no puedo creer que sean venas de la tierra,
que su sangre sea acumulada en las farolas
para luego explotar en las ventanas,
ahora recuerdo a mi padre buscando piedras en mis ojos,
eres un río, niño, me decía
y tal vez haya que prestar tu agua
a los que tienen animales en el alma.
Me miro en el espejo y todavía veo caballos esqueléticos esperando su turno,
ya no hay más lágrimas por caer...
Mientras mi sonrisa enjaulada canta
para despertar a los demonios
y no volver a ser la razón de sus pesadillas.
Virus paranoico
Virus paranoico
Sé que es una u otra enfermedad
que me hace sentir débil,
algún virus paranoico que se empeña en habitar-me
solamente cuando tú te marchas
y pienso
que si me brotaran lágrimas por la punta de los dedos,
si mis caricias fueran un llanto que pueda guardar en frascos
en vez de temblar como espiga al no sostener el peso de la noche,
al presentir un ruido de tractores y medialunas de hachas que vuelcan la tierra
desde el horizonte,
si me despertara pez
y no pudiera decir que te amo,
te juro que saltaría a cada momento
fuera del agua y probaría la muerte para tus ojos
o esa gaviota que tuviera la suerte de devorarme
cantaría como un elefante
esparciendo risas de fantasmas sobre la selva...
O es que mi barba adquiere por tus besos la dignidad de una melena de león,
algo me pasa, ese puto virus
está que grita tu nombre, está que ya no mata por placer
sino meticulosamente aprende a sofocarme con tu ausencia
como si me amputara las partes que no te corresponden, amor mio.
Sé que es una u otra enfermedad
que me hace sentir débil,
algún virus paranoico que se empeña en habitar-me
solamente cuando tú te marchas
y pienso
que si me brotaran lágrimas por la punta de los dedos,
si mis caricias fueran un llanto que pueda guardar en frascos
en vez de temblar como espiga al no sostener el peso de la noche,
al presentir un ruido de tractores y medialunas de hachas que vuelcan la tierra
desde el horizonte,
si me despertara pez
y no pudiera decir que te amo,
te juro que saltaría a cada momento
fuera del agua y probaría la muerte para tus ojos
o esa gaviota que tuviera la suerte de devorarme
cantaría como un elefante
esparciendo risas de fantasmas sobre la selva...
O es que mi barba adquiere por tus besos la dignidad de una melena de león,
algo me pasa, ese puto virus
está que grita tu nombre, está que ya no mata por placer
sino meticulosamente aprende a sofocarme con tu ausencia
como si me amputara las partes que no te corresponden, amor mio.
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